Diego, vuelve al museo.

Siempre se dice que las segundas parte nunca fueron buenas… En el caso de que las primeras lo fueran, claro. Sin embargo, al otro lado del charco viven empeñados en comprobar cómo sería la segunda parte de una primera calamitosa, con todas sus esperanzas depositadas en que sucedería el efecto contrario; a pesar de que no fuera precisamente su Dios el que dijera aquello de Impossible is Nothing. Y es que, en Argentina, si por algo se caracterizan es por ser gente muy creyente y devota. Sólo Dios puede rehacer un equipo destrozado y revivirlo de sus cenizas, sólo él hace y deshace a su antojo… Omnipotente y omnipresente, con licencia para todo. Después de este último mundial puedo asegurar sin temor a equivocarme que esa duda que a todos nos asalta alguna vez en la vida sobre la existencia de Dios tiene como respuesta para mí una rotunda afirmación. Dios existe, tiene nombre, tuvo número y sólo él es capaz de llevar a una selección argentina plagada de estrellas al más absoluto de los ridículos.

En Argentina llevan algo más de año y medio tratando de sacar a la luz su faceta más aplicada y productiva. Se le ha descubierto protagonizando las escenas más insólitas, incluso con un capítulo “homicida” en el que casi atropella a un reportero dejando destellos de su saber hacer ante las cámaras; los cámaras, en dicho caso, y dando ruedas de prensa grotescas no tanto por su insulso contenido como por sus indecentes modales. Los más positivos incluso le encuentran cierto aire cómico…Es reír o llorar. Sin embargo, en lo que al Maradona entrenador se refiere, hace tiempo colgaron el cartel de “SE BUSCA”. El buen hacer de la selección argentina en los primeros partidos se confirmó como un espejismo en cuanto se enfrentó a un equipo que al menos poseía aquello de lo que la albiceleste carecía, orden y disciplina. Esquemas de juego inexistentes y una táctica inverosímil más propia de un vago intento de “alineador” de once jugadores cada partido, sin atender a demarcaciones ni posiciones, que de un técnico. Para desgracia de éste, cuatro nombres que invitan a soñar no conforman un equipo que gana un mundial si los restantes son más propios de la peor de las pesadillas, elegidos con el ojito derecho un día que el entrenador, si así puede llamarse, se levantó con su bendito pie izquierdo. Y al igual que una mansión con una divina fachada cuyos cimientos flaquean, ésta no tardó en venirse a bajo. Si los mitos caen, éste cayó con todo el equipo.

En cuanto al Maradona jugador, sus queridos compatriotas se han empeñado en apalear al heredero de su dorsal hasta que deje de llamarse Messi y se convierta en el Mesías. Éstos, amables y serviciales, no tardaron en darle diversas pistas en forma de zancadillas sobre qué debía hacer para contentarlos, aterrados porque la estrella a la que su equipo se agarraba no había defendido nunca una camiseta local, hecho del todo imperdonable. Y Messi, que durante su larga estancia en España había dejado de ser argentino, no tuvo más remedio que abrir la Biblia escrita por su querido técnico más de dos décadas atrás y atender a lo que se le exigía. Regla número uno: constate alardeo y defensa de la camiseta sobre todas las cosas. Es decir que, traducido al cristiano, a Leo se le pide que sea el que más corra, el que más salte, que baje a defender, y suba a atacar, galope por la banda y a la vez sea un excepcional mediapunta, que dé asistencias y haga gala de una visión de juego exquisita. Que remate los corners y los bote a un mismo tiempo, que meta goles soberbios con un golpe sutil de su pierna izquierda o mediante piruetas imposibles y celebre cada gol como si fuera el último. Que sea un líder tanto en el campo como en el vestuario, que ordene, que mande, que sea engreído y egocéntrico, que cante el himno a todo trapo y llore a la vez, que agarre el escudo y lo bese, que muestre que está orgulloso de llevar la camiseta albiceleste allá por donde vaya. Que se deshaga de sus adversarios con la mirada y reedite el mejor gol de la historia cuantas veces sea necesario, que ría a carcajadas y mire desafiante al cámara… A Messi se le pide que sea Maradona, para lo bueno y para lo malo. Y los argentinos, ciegos e ilusos, no se dan cuenta de que, de tanto buscar a Maradona, puede que nunca encuentren a Messi.

Siempre confié en que la virtud se encuentra en el término medio y que los extremos son por lo general sectarios y poco recomendables. Sin embargo, si Diego Armando Maradona me ha convencido de algo, aparte de sus cualidades divinas, es de que yo, como él, veo las cosas blancas o negras, y gris no seré en la vida. Y es que, si al final se deciden a volver a otorgarle el cargo de técnico de la selección, con él al frente, el futuro de la albiceleste lo veo más negro que nunca.

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~ por latabernademou en agosto 3, 2010.

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